
Hace unos días (porque sí, solo han pasado unos días, aunque hayan sido tan intensos que parezcan una eternidad) me tomé los cafés más amargos de mi vida. Me tomaba cada tarde ese café viendo a mi lado como, a cada aliento cada vez más débil, se iba marchando poco a poco la persona que me enseñó a amar esta bebida.
Me enseñó a apreciarla, su sabor, su olor, sus tipos (que para eso en Málaga tenemos un nombre para cada tipo según la cantidad de café que contengan). Ella me recordaba que yo provenía de una familia “muy cafetera”, y eso siempre me hacía esbozar una sonrisa, al menos mi vicio estaba justificado, era la mejor de las herencias.
Nuestros encuentros siempre significaban un café de por medio, qué le íbamos a hacer, nos encantaba esa bebida, y sobretodo disfrutarla con los nuestros, otra de las herencias que más orgullosa me hacen sentir.
Ojalá nunca me hubiera tenido que tomar aquellos cafés, que por mucho que quisiera endulzarlos se amargaban con el dolor del momento.
Y ante la impotencia de no poder hacer nada más que dar mucho apoyo y amor, sólo me quedaba esperar, amarga espera, amargo sabor, amargo adiós.
“La venganza es como el café, por más azúcar que se le ponga, siempre deja un sabor amargo” (Anónimo).
3 comentarios:
Me has hecho llorar, perra.....
Tienes un blog muy cafetero, como a mi me gusta...je,je...yo también soy una forofa del café. Es verdad, algunas veces los cafés se tornan amargos. No sé porqué he tardado tanto en hacerte una visita porque me ha gustado mucho tu blog y tu manera de expresarte.
Te sigo maja.
¡Muchas gracias!
Espero verte por aquí o por tu "rinconcito",
un saludo
Publicar un comentario