miércoles, 20 de octubre de 2010

El café migrañero y la intención de ir a la cervezoterapia


¡Ay! Si ya lo sabía yo , hoy no iba a ser una buena mañana, y mucho menos un buen día. El que me sentase mal el café de la mañana, mi dosis necesaria para arrancar, no era buena señal. Supongo que ha pesado más el cansancio acumulado y el salir a las tantas ayer de trabajar, que el escuchar esta mañana, que también tiene tela, la noticia de las personas mayores y su prohibición de jugar al bingo, ¡qué mal harán ellos! Por esa regla de tres mi abuela de pequeña solo intentaba que yo fuese una delincuente en potencia y no, simplemente, distraerme como creíamos tanto ella como yo.

Iba para el trabajo, con una mala cara, que por mucho aparentar, el mal cuerpo y el careto que gastaba no me lo quitaba nadie, y mucho menos engañaba a nadie. Las gafas de sol disimulaban mis ojeras, pero no podía estar toda la mañana con ellas puestas, aunque me hubiese gustado.

La simple idea de no poder tomarme otro café hasta después de comer me aterrorizaba, iba a ser incapaz, iba a resultarme imposible. Por eso y como iba con tiempo, porque Cuqui (mi perro) se ha encargado de despertarme 10 minutos antes de que sonase el despertador (detallazo por su parte pues un despertar suyo es mejor que el del despertador), he decidido tomarme un café, porque la idea de aguantar toda la mañana tomándome sólo un zumito, pues como que no.

Aún así,  con mi dosis de cafeína revitalizadora, ha llegado. Hacía tiempo que no venía, hacía tiempo que no sabía de ella, pero hoy decidió aparecer. ¡Bienvenida Migraña! Y sí, tiene que ser Migraña esta vez y no Jaqueca, porque quiero, con mis instintos asesinos que afloran, arrancarme la cuenca del ojo derecho de cuajo.

Pero en fin, echado todo lo que me tenía que echar, hecho todo lo que tenía que hacer, y tomado todo lo “tomable” posible, que si me parase la policía daba positivo en estupefaciente fijo, pues pese a todo ello, ahí sigue cada vez más leve pero ahí sigue.

Pero nada, y mucho menos ella, me va a impedir ir a mi cita semanal de Cervezoterapia, cuando llegan las 6 de la tarde suelo cambiar cerveza por café, y la cervezoterapia de los miércoles, en ese bar al que nosotros le cambiamos el nombre porque nos gusta más, esa cita es imperdonable.

Seré buena y no tomaré cerveza, pero necesito la terapia semanal, aunque al menos sea para contar mis sueños sádico-terroríficos a modo de película con Juan Echanove, y es que supongo que eso de los sueños me lo tendría que mirar un especialista, porque sinceramente, lo que sueño no es normal. Algunos dicen que estoy loca, que es de psiquiatra lo mío, otros dicen que soy un genio y que no dejo de crear (pelotas), otros, y los más sinceros, dicen que es porque no descanso bien (teoría que más me convence). Y la verdad llevo así mucho tiempo, y puede que sea el motivo de la visita inesperada de Migraña, y puede que sea el motivo de mis “pajas mentales” y puede que sea el motivo de muchas más cosas.

Pero la verdad, y como dice el dicho (valga la redundancia) sarna con gusto no pica. Y no me veo sin café, sin cerveza y mucho menos sin mis sueños (una lleva tanto tiempo que ya se acostumbre a vivir noche tras noches historias cuanto menos curiosas).

Además, la cervezoterapia lo cura todo, si no lo habéis probado, hacedlo. Migraña se vendrá esta noche, y espero que se emborrache ella y me deje en paz para poder seguir disfrutando de la velada, que ya por hoy la he aguantado suficiente.

"Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas." (Manuel Vicent)

miércoles, 13 de octubre de 2010

Hoy el café tiene un sabor triste


Es lo que sucede cuando una se pasa el día de fiesta nacional incomunicada con el mundo exterior. Me entero (y como casi de todo) siempre tarde, y la noticia me pilló por sorpresa, y sinceramente, no sé si debido a que ya son muchas perdidas las que me ha tocado vivir últimamente, o simplemente por mi gran pasión por el cine español, lo he sentido muchísimo.

Se ha ido como vivió. Siempre de secundario (que no por eso menos importante), sin hacer ruido, detrás del verdadero protagonista (en este caso la Virgen del Pilar cómo no cederle el protagonismo a tal dama, diría él).
Se ha ido el último de los 4 jinetes, como los suelo denominar yo. Los cuatro han protagonizado la mejor de las escenas posibles de protagonizar, han sido los 4 grandes por excelencia en el panorama del cine español, desde los años 40 aproximadamente hasta el último de sus días, porque la muerte los sorprendió a los 4 casi encima de los escenarios. Siempre he demostrado yo gran admiración por el hecho de poder memorizar esos diálogos a una cierta edad, y encima, hacerlo tan bien.
Agustín González, Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez, y ahora, Manuel Alexandre.
Ellos que han estado casi 70 años haciendo películas (ya se dice pronto) y que nos han dejado numerosos y excelentes títulos, los cuáles no voy a nombrar porque me llevaría mucho tiempo y posiblemente, otra entrada en el blog. Leyendo las noticias sobre la muerte de Alexandre, me he sorprendido (y no sé por qué, porque era un todoterreno) al leer que ha realizado la friolera de 300 películas, sumándole las obras de teatros y series de televisión que tampoco han sido pocas. Toda su vida dedicada a esta profesión, a este maravilloso arte de contar historias.

Lo he sentido muchísimo, era como un abuelo, mejor aún, era Don Mati, (¿quién no se acuerda de Don Matías?).
Mi más sentido pésame a la familia, y a todos los que amamos este loco mundo del cine, pues hoy el séptimo arte está de luto.

Hoy el café, esos que tanto habrás tomado durante las tertulias de la Juventud Creadora en el magnífico Café de Gijón de Madrid (C/ Recoletos), cuna de muchos artistas, tiene un sabor triste, aunque por otro lado, pienso que te estarán esperando, a prisa, porque comienza la función y tienes que entrar en escena, Agustín, Fernando y José Luis.

Siempre se van los mejores.

“Soy variable: un café, o un té con gotas, una horchata... Depende de cómo tengo el humor.” (Manuel Alexandre)

domingo, 10 de octubre de 2010

El aroma impregnado


Sábado por la mañana, bueno, técnicamente sería más correcto decir al mediodía, todo en silencio, sólo las gotas de lluvia golpeando en los cristales rompe el silencio en la habitación. No hay prisas, ni despertadores, ni cargo de conciencia que nos impida seguir durmiendo. Despertamos silenciosamente y sorprendidas al mirar el reloj. Hacía mucho tiempo que no disfrutábamos de un sábado así, sólo para nosotras. Nos dirigimos casi por inercia hacia la cocina para meternos nuestra dosis de cafeína diaria, pero hoy sabe diferente. Hoy se bebe sólo por placer. El aroma del café impregna nuestra mañana de sábado, y nos marca las pausas que hemos de seguir para disfrutar de esa mañana, que ambas sabemos, tardará mucho en repetirse. Una mañana marcada por la lluvia, el café, y el modelado de plastilina que nos hace disfrutar como unas niñas pequeñas. Nada más importa. Desayuno a la hora de comer, almuerzo a la hora de merendar. No tiene manillas nuestro reloj en el día de hoy, nosotras marcamos el ritmo. Y para terminar, el mejor de los finales, pese a que la noche se interrumpiese porque nos volvió a atrapar el reloj, el cargo de conciencia, y el despertador que sonaría a la mañana siguiente.

"El mejor café, el que se toma en buena compañía"

P.D La foto es del delicioso café que nos tomamos en una carismática cafetería de Cracovia, cuando de repente nos sorprendió una tomenta en pleno mes de agosto.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El mejor sabor


Ayer no hicieron falta cafés para mantenerme despierta. El estado de nervios me lo desató una llamada inesperada, para una entrevista impensable y una respuesta magnífica.
Ese estado de nervios fue experimentando una evolución un tanto curiosa. Del nerviosismo previo a esa entrevista, que te sube la moral al abrirse una puerta a una nueva oportunidad, al nerviosismo histérico de estar arreglada, de punta en blanco, para dicha entrevista una hora antes, sentada en tu sofá y mirando sin parar el reloj como si así las horas fuesen a pasar más rápido. De ese nerviosismo, pasé al nerviosismo del arrepentimiento: tenía que haber dicho esto, tenía que haber dicho aquello, no tenía que haber hecho ese gesto, mejor aquel otro…
Ese nerviosismo, pasó al estado de alerta de un “ya te llamaremos esta tarde” que me mantuvo con el corazón en un puño y que me hacía pegar un salto y tener una aceleración de las pulsaciones cardiacas cada vez que me sonaba el móvil. Mi propia imagen me recordaba a una María Esteve desesperada gritando al teléfono que sonase en la película “Nada en la Nevera” (dejó aquí el enlace, no he encontrado la escena concreta al a que me refiero, pero servirá para que os hagáis una idea a aquellos que no han visto la película -una película que me encanta y con la que me parto siempre que la veo-).
Pero al final pasó, la llamada llegó y la respuesta fue la mejor que podían escuchar mis oídos. Las manos me temblaban (y no debido a la ingesta de cafeína), la voz me salía temblorosa, lo había conseguido. Estaba que no podía contener la alegría, y una sonrisa me esbozaba de oreja a oreja. No me lo podía. No me lo puedo aún creer.
Las cosas vienen, sin más. Y ya era necesario, necesitaba un cambio, necesitaba resurgir, cuál ave Fénix, de mis cenizas. Necesitaba un golpe de suerte, y que las cosas empezasen a ir mejor.
Y el mejor sabor del día de hoy, no ha sido el de una taza de café, sino el que me han dejado mis compañeros del anterior trabajo. Una cálida despedida, que me ha hecho sentir todo el cariño que hemos estado cosechando conjuntamente todo este tiempo atrás.

"Tú crees en el ron del café, en los presagios, y crees en el juego; yo no creo más que en tus ojos azulados." (Paul Verlaine)

domingo, 26 de septiembre de 2010

Café de la tarde y esas cosas que es mejor no ver/no leer/no saber





Sin duda la necesidad de beberme este café de la tarde no es cuestionable, pese a mis malestares estomacales de los últimos días। Las pocas horas de sueño diarias venideras de la visita a la mente de recuerdos, preocupaciones y estreses varios, me hacen que venga a trabajar haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos abiertos, con lo cual este café es más que necesario (si se pudiera diría que me lo inyectasen directamente en vena).

Quizás el gato negro atropellado (una imagen bastante desagradable) que he visto en la puerta al entrar, o el pájaro muerto (negro también) que vi el otro día a la entrada de mi retorno a las clases de inglés, sean señales de un mal presagio, algo que se acumula a la serie de infortunios que se acometen en mi vida en estas últimas semanas.
He sido receptora de la noticia, casi por sorpresa, y sin esperármelo. Sin buscarlo ha llegado ante mí, algo que se creía superado (en proceso de cicatrización) y que podía haber seguido así, porque tener esa información sólo hace que te den ganas de patalear como un niño chico, y que entres en un estado de rabia al sentir como si te hubieran tomado el pelo (otra vez).
Cosas que mejor no saber, no enterarse, porque ya nada va a cambiar, ya no se puede.
Dicen que la ignorancia es felicidad, pues creo que en algunos casos, sí.
Este es el caso.


Si no hay café para todos, no habrá para nadie. (Ernesto “Ché” Guevara)

martes, 14 de septiembre de 2010

El café más amargo


Hace unos días (porque sí, solo han pasado unos días, aunque hayan sido tan intensos que parezcan una eternidad) me tomé los cafés más amargos de mi vida. Me tomaba cada tarde ese café viendo a mi lado como, a cada aliento cada vez más débil, se iba marchando poco a poco la persona que me enseñó a amar esta bebida.
Me enseñó a apreciarla, su sabor, su olor, sus tipos (que para eso en Málaga tenemos un nombre para cada tipo según la cantidad de café que contengan). Ella me recordaba que yo provenía de una familia “muy cafetera”, y eso siempre me hacía esbozar una sonrisa, al menos mi vicio estaba justificado, era la mejor de las herencias.
Nuestros encuentros siempre significaban un café de por medio, qué le íbamos a hacer, nos encantaba esa bebida, y sobretodo disfrutarla con los nuestros, otra de las herencias que más orgullosa me hacen sentir.

Ojalá nunca me hubiera tenido que tomar aquellos cafés, que por mucho que quisiera endulzarlos se amargaban con el dolor del momento.

Y ante la impotencia de no poder hacer nada más que dar mucho apoyo y amor, sólo me quedaba esperar, amarga espera, amargo sabor, amargo adiós.

“La venganza es como el café, por más azúcar que se le ponga, siempre deja un sabor amargo” (Anónimo).

lunes, 16 de noviembre de 2009

Café, cigarrillos y habanos

Hoy es un día más de esos que llevan sucediéndose desde hace dos meses atrás. El trabajo que tenemos ahora entre manos, sumado a muchos de esos proyectos personales que intento llevar a cabo y que por la falta del tiempo (a veces pienso que 24 horas se quedan cortas para mis días) se quedan más en un quiero pero no puedo.

Esos días de los que hablo, se suceden de la siguiente forma: café de buenos días y puesta en marcha, café y cigarrillos, café y discusiones, café y gritos, café y llega la calma, café y me doy una vuelta para estirar las piernas, café y revisarlo otra vez todo, café y receso para comer algo, café de después de comer, café y vuelta a rehacer todo lo que hasta el momento ya estaba hecho pero que así no era, café y habanos (algunos se pueden dar un capricho de vez en cuando, y la verdad que viene bien para desconectar y cambiar la dinámica de grupo, aunque nada más olerlos se suma un factor más para el dolor de cabeza que terminas teniendo), café y consenso, café y cigarrillo s, café y dolor de cabeza (ahí está, sabía que no tardaría en aparecer). Café y miras el reloj para irte a casa, café y empiezas a plantearte pedírtelos descafeinados (pero eso es como beber una cerveza sin alcohol, para eso no bebes cerveza y punto).

Cuando estás en el coche de vuelta a casa, el camino se te hace interminable. Piensas en por qué estás haciendo lo que estás haciendo, piensas en que deberías estar haciendo otra serie de cosas que te darían una recompensa más rápida y menos quebraderos de cabeza. Pero por otro lado, hay algo, una sensación difícil de explicar con palabras, que hace que siga adelante, que me hace sacarle el jugo dulce a este mordisco tan amargo. No sé lo que es, pero finalmente siempre termino haciéndolo. Como dice el dicho, supongo que: “sarna con gusto no pica, pero mortifica”

“Café cocido, café perdido”